Los Dichos, para nosotros; alardes, entradas, embajadas o funciones –para otras localidades y celebraciones-, de Moros y Cristianos, es la denominación corriente con que se conocen estas representaciones del teatro popular español.

    “La figuración, presenta de ordinario, a musulmanes frente a cristianos, cuyo tinte se ajusta a un hecho histórico, además de poseer una raíz más bien religiosa y un carácter simbólico, fácilmente adivinable.
Es, en la mayoría de los casos, rito integrante de una fiesta de carácter votivo. Su desarrollo suele ajustarse a la sucesión de dos combates, en el primero de los cuales son vencidos los cristianos, vencedores en el segundo con el auxilio divino recibido por la intercesión del Santo Patrón o de la Virgen.
Personajes principales son los reyes moro y cristiano, algunos de sus generales, capitanes, alféreces y músicos de ambos ejército, con asistencia de uno o varios mayordomos encargados de atender las necesidades de la Santa imagen.
Entre los combates se suceden parlamentos y disputas en que unos y otros oponen razones y argumentos. Finalmente, se obra el milagro y la lucha se inclina a favor de los cristianos.
Acostumbra a centrarse la acción sarracena no en la conquista del territorio, sino en la pretensión de apoderarse de la imagen sagrada a quien el pueblo tiene por patrón y valedor”. (Moros y cristianos, IV Congreso Arqueológico del Sudeste Español, Cascais, 1950).

   

video del año 2006 grabado por Castilla La Mancha TV y narrado por Pedro Esteso.

La narración de este comentario sobre nuestro Dichos podría ser más o menos así: 

    Comienza la representación de la escena tradicional y legendaria. Se hace un silencio total, sobrecogedor.
    Nos encontramos en los Dichos, escenificación en tres actos o encuentros, cuyo texto en verso se compone de 254 estrofas, redondillas –con algunas excepciones- de versos octosílabos con rima consonante.
    Guerra verbal entre los Generales de Dichos o Dicheros de ambas Compañías, que en versos menores, declaman los fundamentos de su fe, hiriendo a la vez, las creencias religiosas del contrario. La tensión que se respira en el ambiente es indescriptible.
    Los Generales (por un día), encargados de recitarlos, montan caballos ricamente enjaezados.
    Están desarrollados los Dichos en tres actos perfectamente delimitados por su contenido y su escenario que, de manera inamovible será el de la Plaza de la Verdura (primer encuentro), las Cuatro Esquina (segundo encuentro) y Plaza Mayor (tercer encuentro).

 Primer Encuentro

     Representa la toma de contacto entre ambas Compañías –Mora y Cristiana-, que ya se han avistado. Los Generales, por medio de arengas, previenen a sus tropas de la presencia del enemigo. 
    Los cristianos, anteriormente, han destruido por el fuego la imagen de Alá. Los moros claman venganza y pretenden hacer lo mismo con la imagen del Santo Niño.
    En el parlamento, afloran las amenazas, insolencias y desafíos. No hay acuerdo. Las voces son de ¡GUERRA A MUERTE!. Comienza la batalla. Fin del primer encuentro. 

    El estruendo de las armas es ensordecedor. La pólvora corre e inunda de exposiciones y humo el enorme espacio de la Plaza de la Verdura. Se pierde por completo la visibilidad y el aire se hace denso e irrespirable. No hay lugar para el perdón y la piedad.
    La fuerza en la lucha de la morisma, alentada por el clamor de la venganza, logra arrebatar al ejército cristiano su tesoro más preciado y querido, la imagen del Santo Niño que, en ese momento, es despojado de su sombrero (bicornio) y luce ahora un turbante blanco bordado en seda y oro, coronado por la Media Luna.
    La hueste cristiana ha quedado diezmada por la violencia de la batalla. Su mesnada en franca huida, cae en desánimo y en la más profunda de las tristezas. 

Segundo Encuentro

    El General cristiano logra reunir a sus soldaos y les muestra con tristeza, la desolación que están viviendo: su Santa Imagen, sus banderas y estandartes han caído en manos agarenas, su honor y su orgullo también.
    Aún así, les anima y les infunde el valor perdido. Todos, rodilla en tierra, piden al Creador perdón y ayuda, pues están decididos a combatir nuevamente contra el moro para recuperar al Santo Niño, sus banderas y la gloria perdida.
    Entre tanto, el General moro, ufano y victorioso, prepara el festejo de su éxito y manda a sus emisarios que canten las grandezas de su victoria al Emir; al tiempo que promete a sus guerreros quemar la imagen de Dios Niño junto a los estandartes cristianos. Y cuando ya ultima los preparativos para culminar el sacrilegio, se presenta ante la morisma el ejército cristiano con mensajes de paz y reconciliación. El musulmán, orgulloso, rechaza la proposición. El castellano, piadoso, insiste y pide que recapacite, recitándole con amor los pródigos del Padre Celestial y el acontecimiento de la Creación. El sarraceno obstinado, insulta, amena y reta a muerte a los reconquistadores, pues piensa, que la manera de proceder de su adversario es signo de cobardía y debilidad.
    Nos encontramos en el preludio de una nueva y cruenta batalla. Pero esta vez con matice y resultados muy distintos de la primera.
    La morisma mayor en número y ánimo en choque contra la hueste cristiana, diezmada en número pero fortalecida en su fe. La carga es inmediata, con toda su crueldad, estruendo y destrucción. Pero.. se produce el milagro. Los cristianos, parece invencibles y es tal su afán en la batalla, que logran rendir a los musulmanes sembrando el terror y la dispersión en sus filas. (Fin del segundo encuentro). 

    El General agareno está enmudecido y roto ante la proeza de su enemigo. No comprende cómo en un instante, un puñado de soldados han vencido y puesto en huida a su poderoso ejército.
Es, entonces, cuando se produce el segundo milagro.

Tercer Encuentro

    La LUZ, ilumina al mahometano y viene a mostrarle que el único Dios verdadero es Jesús, el Hijo de Dios crucificado. Es tal la claridad de visión del africano, que al instante comprende, cómo la razón y la fuerza está aposentada en el brazo de su enemigo. Y reza en voz alta el Credo, bajo la mirada severa del cristiano que a punto está de volver a la carga, por creer que es una patraña. En el último instante, detiene sus armas y su hueste y observa conmovido cómo las palabras del moro están cargadas de arrepentimiento y sinceridad.
    En última instancia y como prueba final, pide al mahometano que descabalgue y se postre de rodillas  ante la imagen del Santo Niño. El africano servicial, accede gustoso, entregando acto seguido las armas. Finalmente, pide el bautismo. El cristiano, piadoso, ayuda a incorporar a sus hermano, y tras abrazarse, ambas Compañías, entran en la Iglesia gritando: ¡¡¡ VIVA EL SANTO NIÑO !!!

    Al punto, la Plaza Mayor se viene abajo. Las descargas a discreción hacen temblar el suelo. Esta vez, en señal de alegría incontenible.

Pedro Esteso Carnicero

Texto: Breve Introducción (Dichos del Credo), extraída del libro “Esencia de una tradición” escrito por Pedro Esteso Carnicero.

Primer Encuentro

(Plaza Mayor) Vence el moro al cristiano y le arrebata la imagen del santo Niño

MORO
No sé qué presentimientos
agitan mi corazón que
siento en esta ocasión
redoblarse mis alientos.

Siento que la mente mía
se escapa por los espacios
de ese cielo de topacios
donde mora mi alegría.

Y luego cual mensajera
vuelve sola a mi memoria
donde recorre la historia
y saluda a su bandera.

¡ Hoy es forzoso, africanos,
abrir paso a nuestra suerte
sembrando doquier la muerte
donde se encuentren cristianos!

Pero antes descansaremos
a la orilla de este río que,
manso, libre y sombrío
invita a que nos paremos.

Mas… ¡Por vida de mi Ala
que no sé qué es lo que veo…!
¿es mi loco devaneo
o es gente lo que hay allá?

Es la cristiandad que viene
armada y en procesión,
provocando la ocasión
con la intención que previene.

Esa gente es la que niega
el poder de nuestro Alá
y la que siempre en pos va
de su fanatismo ciega.

La que en clásicas funciones
hace de Mahoma un bulto
negro, deforme e inculto,
revelando mil pasiones.

La que pregonó su vida
como un reo criminal
infectado en todo el mal
de una costumbre podrida.

La que le quema después
en afrentas descaradas
riéndose a carcajadas,
insolentes, a sus pies.

La que dice que el Corán
es un libro fabulero,
necio, orgulloso, embustero,
escrito por el Sultán.

Pero yo os aseguro
que, pues que en su Dios confían,
y con Él nos desafían,
el castigo ha de ser duro.

¡Prepararos, mahometanos,
al combate y a vencer
que pronto habréis de tener
a su Dios en vuestras manos!

CRISTIANO
¡ Triste estoy, no sé qué es;
parece que en mi memoria
surgen cosas de la historia
que me auguran un revés!

Y este mísero temblor
que agita todo mi ser…
no es valor de mi poder,
que es poder de otro valor.

¿ Será sin duda el destino
que deja caer su fallo
cual pescador su trasmallo
sobre mi cuerpo mezquino?

¿ Más por qué se va mi mente
desde el valor al temor,
siendo el temor el valor
cuando el valor es prudente?

España tiene en la Tierra
una guirnalda de honor
que tejió con el valor
de otros genio en la guerra.

Y nadie podrá llegar
a tocar a su diadema
sin que caiga como el lema
de Mahoma ante el altar.

El Santo Niño lo quiere
y Dios prueba la fortuna
para que la Media Luna
sienta el golpe que la hiere.

La Iglesia, Madre de amor,
de encendida caridad,
de ternura y de piedad
y casa del Redentor.

Donde nace la esperanza
para enterrar el dolor
entre cánticos de amor
de ternura y de alabanza.

Donde se colora el cielo
con las flores de la fe,
donde el penitente ve
la mano de su consuelo.

Donde rebosa la esencia
que endulza y alegra el alma,
donde se encuentra la calma
y la paz de la conciencia.

Consagra siempre este día
con supremo regocijo
el nombre de Jesús, Hijo
de Dios, eterna alegría.

Astro del Verbo divino,
Misterio sin comprensión.
Vida de la creación
y Justo Juez del destino.

Para que los campeones
de la sacrosanta Cruz
le ofrezcan con gratitud
estas clásicas funciones.

Abundando en el furor
devoto de su esperanza
cuanto el pensamiento alcanza
de la vida del Criador.

Este es el día, españoles,
en que la fortuna vuela
por colorar con su estela
los hábitos de arreboles.

¡Demos al mundo sus ecos,
a los aires el murmullo,
a las aves el arrullo
y a los cóncavos sus huecos!.

¡Suenen cajas y tambores,
cante la luz del Señor
y enciéndase nuestro amor
con la fe de sus pastores!

¡Brote de los corazones
esa ternura inefable
que reclama el Niño amable
de las dulces emociones!.

Y hagamos un bulto necio
de Mahoma el impostor
para escarnio de su amor
y de su verdad, desprecio.

¡Llevémosle en procesión
a los pies de nuestras risas
como miserables brisas
del orgullo y del baldón!.

Y después, ante el Criador,
quemémosle en una hoguera
por abominable fiera
de soberbia y de terror.

Pero avivemos el paso
dispuestos a la defensa
porque pudiera esta ofensa
tener los moros al caso.

Ellos conocen de veras
nuestras burlas de Mahoma
el escarnio en que se toma
y que acaba en las hogueras.

Esto produce en su mente
un rencor desesperado
que quisieran que su hado
los vengara incontinente.

Por eso quieren, ¡villanos!,
con tosco y brutal aliño,
quitarnos al Santo Niño
y matar a los cristianos.

Pero la Cruz es la Luz
y la Luz el Criador
y no habrá ningún valor
que pueda con esa Cruz.

Más … ¡por vida de Satán
que no sé qué es lo que veo…
o es mi loco devaneo,
o son tropas del Sultán!

Son los moros del desierto
que sin alma ni cariño
vienen por el Santo Niño
para hacer de Él un concierto.

Escupirle como a un necio,
pisar sobre su figura
y clavar luego en su hechura
la flecha de su desprecio.

¡Miserables!, morirán
por su sacrílego intento
sobre nuestro pavimento
llorando su triste afán.

 MORO
¡Gracias a Alá, mahometanos
que por fin llegó el momento
de manchar el pavimento
con sangre de los cristianos!.

¿Veis como vienen acá
por la orilla de aquel muro
con paso lento y seguro
como el que tranquilo está?.

Vienen con la procesión
tributándole a su Niño
ecos de dulce cariño
y preces con devoción.

La ocasión de brinda amena
y el Dios de la guerra afila
corriendo fila por fila.
la corva gumía agarena.

¡Sangre reclama la tierra!
¡El aire asfixia la vida!
y la luz torba convida
a la hoguera y a la guerra.
(saca la espada)

¡Pronto al encuentro, centellas
con nuestra gumía invencible!
y hoy mismo si es posible
a concluir con su estrella.

Y una vez dueños de España
iremos por nuestras moras
y pasaremos las horas
refiriendo esta campaña.

Ellas nos darán sus risas
de verdaderas sultanas
mientras que aquí las cristianas
serán su propias sumisas.

Sus templos derribaremos
para hacer nuestras mezquitas
y de esta gente maldita
cual son, así dispondremos.

Con que a ellos, diligentes,
que la fama está en la gloria,
y en la gloria está la historia
y en la historia los valientes.


CRISTIANO
Soldados, un ser divino
cruza hoy por los espacios
y severo en los palacios
fulminará algún destino.

Nuestro brazo sin rival
dejó siempre en la memoria
de los actos de la historia
una corona triunfal.

Y doquier que entre arreboles
coloró el cielo una guerra,
allí contesto la tierra:
¡vencieron los españoles!.

La ocasión se brinda amena
para añadir a la historia
otra campaña de gloria
contra la raza agarena.

Vienen con traidor aliño
con necio y sañudo engaño
a derribarnos el trono
y a llevarse al Santo Niño.

Genio brutal y podrido
que no conoce porfiado
que el Criador de lo criado
no puede ser el vencido.

MORO
¡Alá del campo, cristiano!

CRISTIANO
¿Quién osa venir así
ante el Niño y ante mí?
¡Repórtate, mahometano!

MORO
¡Soy la furia recia y brava
de los astros de la pira
que vengo vertiendo lava
por las fauces de la ira!

El rayo de la potencia
de mil truenos a la vez
laureado de su altivez
a castigar tu insolencia.

¿Conque quemas a Mahoma
mi profeta venerado
y aprovechas su paloma
para un cuento intencionado…?

Poco te valdrá ese Niño,
puramente de madera,
que adoras como si fuera
todo un Alá de cariño.

Tarde tu fe llegará
implorando mi favor
para calmar a mi Alá
de tu soberbia y rencor.

Que no tendrás más remedio
ni tus tropas otra suerte
que los brazos de la muerte
y los halagos del tedio.

¡A las armas y a vencer
y a quemar su arpaluz
y a destruir el poder
de su profeta Jesús!

CRISTIANO
Refrena esa lengua impía
o yo sabré ¡vive Dios!
formular entre los dos
una nueva cortesía.

¿Qué puede ser el furor
de la ígnea potestad,
o qué el rayo abrasador
que aborte la tempestad?

¿Qué pueden ser tus rencores
ni la fuerza de tus armas,
ni el valor de tus alarmas
ni el eco de tus clamores,

para venir insolente
delante del Santo Niño
con la soberbia en la frente
y la ira por cariño…?

¡A quemar la Santa Cruz
y a escarnecer la humildad,
sobre el altar de maldad
que erigió tu ingratitud!

Reconoce, pues, tu mengua y óyeme atento hasta el fin
y en tu sacrílega lengua
pon a Dios y no a Zelim.

Que no hay soberbia que al Cielo
alcance con su venganza,
ni sable corvo, ni lanza,
que no ruede por el suelo.

MORO
No quiero escucharte más,
y deseo ya la muerte,
o la ruina de tu suerte,
o que adores a mi Alá.

CRISTIANO

Pues si en tu necia torpeza
sigues tu senda trazada,
aténte con tu cabeza
al acero de esta espada.

(saca la espada)

¡A las armas campeones,
que la patria y Dios nos llama,
y el eco de nuestra fama
y el arte de las canciones!

¡A las armas y a vencer
y a matar al invasor,
y a destruir el poder
de Mahoma el impostor!

MORO

¡Sea pues y guerra a muerte!

CRISTIANO 
¡Guerra a muerte sin cuartel!

(todos hacen fuego)

Texto: “Los Dichos”, extraido del libro “Estatutos”, “Los Dichos” editado por la Hermandad del Santo Niño, compañía de Moros.

Segundo Encuentro

(en las cuatros esquinas) Vence en la batalla el cristiano al moro y recupera la imagen del Santo Niño.


CRISTIANO
¿Qué es esto, soldados míos?
¿Qué torpe orgullo nos mata?
¿Qué necia mano dilata
el poder de esos impíos?

¿Dónde camináis huyendo
por doquier despavoridos
cual pájaros sorprendidos
del trueno al potente estruendo?

¿Cómo caber tal bajeza
de nuestra honra española
habiendo sido ella sola
la que alcanza su cabeza?

¿Qué dirán de nuestro honor
cuando sepan la derrota
de aquellos bravos que anotan
la historia por su valor?

Cuando sepan que Jesús
va cautivo entre las manos
de los necios africanos
que atacan el arpaluz.

¿Qué estoy diciendo? ¡Ay de mí!
Aquella inmensa alegría
que mi corazón tenía
ya se ha marchado de aquí.

Aquella bandera herida
que siempre siguió adelante
resuelta, firme, triunfante…
ya quedó muerta y vencida.

Aquella Corona hermosa
que nunca sintió la guerra…
El Diamante de la tierra
ya cayó sobre su losa.

Aquel Divino Maestro
que bajó desde su Gloria
a reformar nuestra historia
y a vivir al lado nuestro.

Aquel que se hizo Hombre
por librarnos del demonio
dando al mundo testimonio
de su divino renombre.

Aquel que fue sentenciado
a muerte por nuestras culpas
y se entregó sin disculpas
y murió crucificado.

Aquel Niño… Dios amado…
que íbamos a adorar
dulcemente hasta el altar,
¡ya no está… se lo han llevado!

Cumplióse al fin el destino
y es justa la recompensa,
del que combate la ofensa
al torcerse en su camino.

Nuestros pobres corazones
en sus primeros albores
se revisten cual las flores
de galanas ilusiones.

Un vicio cada matiz.
Cada ilusión un deseo.
Siempre un loco devaneo
desde desliz en desliz.

Sin acordarse el mortal
que su alma se le duerme
y el corazón queda inerme
entre las garras del mal.

Hace bien nuestro Criador
en marcharse con los moros
y negarnos sus tesoros
de caridad y de amor.

Ya no queda más consuelo…
ni más vida… ni más bien…
que el alto y justo desdén
de la Justicia del Cielo

Astros que allá en las alfombras
de la noche dais fulgor
no busquéis vuestro rubor
entre el poder de las sombras.

(De rodillas los Cristianos y
el General se quita el casco)

¡Y Vos, Inmenso Señor…
que de Tus altos palacios
das a las sombras topacios
y a la luz dulce calor.

A las aves su alegría,
sus moléculas al aire
y sus gracias al donaire
y a las flores su ambrosía.

Al ser humano la frente,
donde feliz atesora
esa gracia seductora
y esa magia omnipotente.

A ese efecto de tu amor
parte pura de tu esencia…
piedad, Señor, ten clemencia
y ampara a tu pecador.

Y si no quieres que el hado
castigue al moro tenaz
cúmplase tu voluntad,
pero vuelve a nuestro lado.
(se levantan los cristianos)

Hermanos y compañeros,
no perdáis las esperanzas;
acudamos a las lanzas
y empuñemos los aceros.

Dios es bueno y es piadoso
y oye a los arrepentidos
cuando los ve compungidos
con dolor pecaminoso.

Volvamos a la campaña,
que animosa nos espera
nuestra querida bandera
y la libertad de España.

Miradlos por dónde van
ebrios de orgullo y placer
escarneciendo aquel Ser
que nos lavó en el Jordán.

Miradlos… cómo villanos
juegan con nuestra bandera
y con esa faz severa
maltratan nuestros hermanos.

¡A ellos pues, valerosos,
que la muerte en el combate
no es más que el santo rescate
del sitio de los dichosos!

¡A ellos que nuestras madres
nos cantan desde el hogar
alabando sin cesar
nuestra fama a nuestros padres.

MORO
Jamás así lo creyera
pero al ver mis africanos
derrotar a los cristianos
oré y besé mi bandera.

Me acordé del Paraíso
vi las glorias de la tierra;
las coronas de la guerra;
todo cuanto fue preciso.

Y después lleno de gozo
era más grande el gumiazo
cuanto mayor era el moro.

Exclamé con faz serena:
¡Hasta el mundo desafiara
si el mundo se conjurara
contra la raza agarena!

¡Alá os premie, africanos…!
y en su Santo Paraíso,
puesto que Él así lo quiso,
os serviréis del cristiano.

Pero ahora hay que dar cuenta
al Sultán sin diferir
tiempo, en un alamacir
y una escolta de cincuenta.

Id al África enseguida
y le decís al Sultán
que los cristianos están
derrotados y en huida.

Quemamos el arpaluz
y os lleváis sus banderas
entre vuestras cimitarras
y al Santo Niño Jesús.

Que celebren en honor
de esta gloriosa victoria
un día de luz y gloria
para el pueblo vencedor.

Y ese Niño malvado
que lleváis de los cristianos
que perezca en vuestras manos
a palos y apedreado.

¡Alá os guíe, valientes…!
deteneos un instante
pues creo que están delante
de nuevo esos insolentes…

Ellos son, que con temor
vuelven de nuevo al encuentro.
poned al Niño en el centro
y esperemos con valor.

Y si desean la guerra
esos seres detestables,
de sus vidas miserables
responda sólo la Tierra.

CRISTIANO
Vuelvo otra vez, africano,
por la buena o con la espada
por esa Joya Sagrada
que te llevas tan ufano.

Tu poder me la quitó,
mi audacia la pide ahora,
o entrégala sin demora
o adórala como yo.

¿Qué, no me das contestación?
Piensa lo que vas a hacer,
que de ello va a depender
la suerte de tu Nación.

MORO
Muy valiente, pues, te crees.

CRISTIANO
Debo de serlo, africano.

MORO
Si quieres piedad, cristiano,
de rodillas a mis pies.

CRISTIANO
¡Miserable! Tú que vas
desacatando mi fe
y que en tu intención se ve
la intención de Barrabás.

Ve que tienes frente a frente
suplicándote la paz
con delicada humildad
la Justicia Omnipotente.

MORO
¿Y qué me importa a mí
tu locura infernal,
ni ese Niño Celestial,
ni cuántos venís aquí?

CRISTIANO
Mira lo que vas a hacer,
mira que sin duda alguna
el rigor de tu fortuna
te está engañando a mi ver.

Que alguna hidra en secreto
te está agarrando la mano
como pensamiento insano
que va a fallar su decreto.

MORO
Mi destino es de mi Alá,
este alfanje de Mahoma
y mi vida de esa loma
que se ve al lado de allá.

Donde moran los destinos
de toda la creación,
¡ruin vasallo!, ¡excoriación
de los montes Calderinos!

¿Quién te ha inducido a creer
y qué inspiración te guía,
o qué crees de Berbería
de su Alá o de su poder?

CRISTIANO
Tu religión es un mito
y tu poder una sombra
que todo el mundo la nombra
como un fantasma maldito.

¿De qué vale ante el Criador
un miserable arriero,
necio y audaz guerrillero
y un fanático impostor?

¿De qué valen sus sectarios
bajo su acerva oración
delante de un zancarrón
con sus groseros rosarios?

Compara la secta insana
de tu musfetí en su canto
con el Evangelio Santo
de la religión Cristiana.

Y verás que en tu mezquita
no resalta la verdad
que es sólo la vanidad
de una creación maldita.

MORO
¿Y te atreves, desgraciado,
a decir que es vanidad
la patente realidad
de nuestro Templo sagrado?

No eres digno de perdón
ni de que te vuelva a oír
porque no puedo sufrir
tanta blasfemia y baldón.

CRISTIANO
Escucha, y pues que aquí
es como más oportuno
de decirnos cada uno
nuestros sentimientos…

MORO
¡Dí!.

CRISTIANO
Dios cortó de la azucena
un tallo y se retrató,
y después que concluyó,
aquel retrato en la arena,
dijo con sonoro acento:
Adán, levántate arriba
en tu ser mi propio aliento
y escucha mi despedida
porque ya no volverás
a verme en el mundo más
en la vida de la vida.

Por ti he creado, Adán,
esos inmensos espacios
salpicados de topacios
y llenos de dulce afán.

La corona centelleante
en medio del firmamento
tendiendo sin movimiento
su poder vivificante.

La luz, el agua, la voz
de un eco para ti ajeno.
el aire, la nieve, el trueno
y el relámpago veloz.

Para ti crié la Tierra,
el ave, el pez y el bruto,
la planta, la flor, el fruto
y cuanto el mundo en sí encierra.

Tú eres el primer hombre
de tu origen en tu especie
para que nadie desprecie
el alto don de tu nombre.

Te doy alma, inteligencia,
la memoria y la razón,
don de palabra, expresión,
el orgullo y la obediencia.

La mujer por compañera,
que tratarás con pudor
porque es tu cuerpo y calor
y tu sierva verdadera.

Tus hijos serán hermanos
e irán poblando la Tierra
en busca de cuanto encierra
misteriosa en sus arcanos.

Libres como tú serán,
los dejo a su voluntad,
con bastante potestad
para que obren, Adán.

Te dejo en el Paraíso
que goces eternamente
de una vida inocente,
tranquila y sin compromiso.

Que disfrutes de este suelo,
de este jardín delicioso,
descansado y venturoso,
lleno de vida y consuelo.

Pero te exijo una prueba
de fidelidad y amor,
de ti Adán a tu Criador,
que harás que respete Eva.

En medio del terrenal
Paraíso he criado
un árbol que he llamado
ciencia del Bien y del Mal.

Es distinto a los demás
de todos los que hay aquí
y su fruto será en sí
lo que más codiciarás.

De todos podrás comer
menos de aquel de la Ciencia,
pues si comes, tu inocencia
despertará de su ser.

Perderás toda tu suerte,
privilegios y el respeto
y te quedarás sujeto
a tu sudor y a la muerte.

Esto dijo Dios a Adán
y lo sometió a la prueba;
a éste le indujo Eva
y ambos probaron el mal.
Aquel Poder Celestial
que les vistió de inocencia
y los dejó por esencia
disfrutando de aquel bien,
los arrojó del Edén
y fulminó su sentencia.

Ved el principio, africanos,
todos provenimos de ése
y no hay más, pese a quien pese,
que todos somos hermanos.
Convertíos a cristianos
y olvidemos el rencor;
ese espectro de terror
que sólo ríe en la guerra,
para cantar en la Tierra:
¡Bendito sea el Criador!.

MORO
Te estoy observando atento
y no sé cómo he escuchado,
porque jamás he observado
un loco con tanto cuento.
Si es que al ver el pavimento
cubierto de hábitos rojos
se te enternecen los ojos
y quieres pedir la paz,
no vengas tan perspicaz
con mentiras a manojos.

CRISTIANO
¡Villano y mil veces sí!,
monstruo de infame crueldad
desbordado en la impiedad
de tu ciego frenesí.
Sí… eres hijo marroquí
de dos piedras que enfermaron
serpientes te amamantaron
y te criaron las hienas.
¡Vuelve pronto a tus arenas,
maldito aborto del diablo!

¡Quítate de mi retina,
huye sí, gusano hediondo
a revolcarte en redondo
de tu ignorancia supina!
La Providencia Divina
le hará salir del error
cuando tu cuerpo traidor
palpitando quede inerte
donde la vida y la muerte
se dan el último adiós.

MORO
¡Basta de conversaciones!
¿Quién, pues, a la Media Luna
se ha atrevido por fortuna
a llenar de imprecaciones?
esas locas invenciones
de tu apasionada mente
y tu lenguaje imprudente
me han irritado de tal modo
que lo voy a arrasar todo
cuanto en tu nación encuentre.

¡Venga aquí Dios y tu Cristo,
Ángeles y Serafines,
Arcángeles, Querubines
y todo cuanto hayáis visto!

¡Vengan aquí, yo te emplazo,
y acudid aquí sectarios
cuantos podáis aliñar,
que os voy a enmarañar
y a daros fuego y quemaros!
(de rodillas los cristianos)

CRISTIANO
¡Dios de infinita bondad,
Tú que estás omnipotente
y que eres omnisciente
y suprema potestad!
Manantial de caridad,
pura expresión de ternura,
vida, esperanza y dulzura
de nuestro amor y consuelo,
óyenos desde Tu Cielo
y ampáranos con tu ayuda.
(se levantan los cristianos)

Sangre respira tu encono,
guerra a muerte tu intención,
odio a Dios tu corazón
en lucha contra su Trono.
Y pues, que no mudas el tono
de tu ceguedad impía
y que no hay en Berbería
quien te conozca tampoco.
(saca el sable)
¡Ved la espada aquí del loco
que el Omnipotente envía!

(saca la espada el Moro)
MORO ¡Ved aquí la de Mahoma,
la de Alá y la del Sultán!

CRISTIANO
En balde tus ecos van,
en vano tu espada asoma,
pues el ingrato que toma
al Hacedor por un mito
y cree que su fe es hálito
de una hipocresía infame,
merece que se le llame
con el puñal del delito.

MORO
Presente, pues, insolente
y llama a Dios en tu apoyo
que pronto caerás al hoyo
de la muerte, con tu gente.
¡A las armas prontamente,
que la cimitarra hunda
sus broqueles iracunda
hasta concluir la raza
que tanto nos amenaza
con ésa pétrea figura.

CRISTIANO
¡Guerreros infatigables
del mundo civilizado,
huya el Corán asustado
delante de nuestros sables!
¡Dad pronto a los agradables
rayos del sol vuestra espada,
la vaina inútil o nada;
a la Patria el corazón
y a los aires la canción
de esta gloriosa batalla!

MORO
¡Muera España, mahometanos!
¡Viva la bandera mora!

CRISTIANO
¡Muera el África, cristianos!
¡Viva España vencedora!

MORO

¡Alá viene con nosotros!

CRISTIANO
¡La Virgen nos acompaña!

MORO
¡¡¡ Guerra !!!

CRISTIANO

¡¡¡ Destrucción !!!
(todos hacen fuego).

Texto: “Los Dichos”, extraido del libro “Estatutos”, “Los Dichos” editado por la Hermandad del Santo Niño, compañía de Moros.

Tercer Encuentro

(Plaza Mayor) El moro pide perdón al cristiano y se convierte a la religión católica.

MORO
¿No sé, pues, qué mano extraña
ni qué causa misteriosa
delibera poderosa
los destinos en España?
Sin fuerza, valor, ni maña,
y horripilados de miedo,
fuisteis mostrando denuedo
a batir la Media Luna,
cual tú hoy, que yo no puedo.

Hubo un momento atrevido
en que tuve compasión
de tu humilde condición
y de tu pueblo afligido.
Mataros, en mi sentido,
era crueldad feroz;
perdonaros era atroz,
porque do no hay valentía
se encuentra la cobardía
revestida de traición.

Cuando al entrar en acción
tú te encomendaste a Dios,
yo me reía de vos,
porque lo creía invención.
Creí que aquella oración
era un rasgo lisonjero
de desprecio verdadero
contra el mundo y contra mí,
que íbamos a morir allí
con mi legítimo acero.

Pero aquel que yo llamé
palo de madera fría,
¡es el Dios de la alegría,
Criador de cuanto se ve!
Tú le invocaste por fe,
yo provoqué sus enojos,
y en la batalla sus ojos
parecía que, irritados
llamaban a sus soldados
para matar a los moros.

Un milagro portentoso
de su omnipotente Mano
ha vencido al africano
cien mil veces ventajoso.
¡Tu Dios es el poderoso
y es el Dios de la Verdad!
El mío es la falsedad
de una secta, vil, grosera,
que compaginó una fiera
luchando con ansiedad.

CRISTIANO
Detente m  oro y no sigas
y ponte sobre las armas
porque el cristiano no cree
en tus infames palabras.

Cuando la paz te ofrecía,
con tu orgullo y tu ignorancia,
como un loco te reías
de promesas y plegarias.

Al Santo Niño pedía
gracia en aquellos momentos,
por ver si te convencías,
de lo contrario verías
tus ejércitos deshechos.

Más ya no puedo escuchar
tus groseras pretensiones,
porque mi Dios hoy me dice
que no crea en tus razones.

Mis soldados también dicen
que no tenga compasión,
no nos vayáis a jugar
alguna infame traición.

No sigas más, te repito,
que no te puedo escuchar
y prepara a tus soldados
que vamos a pelear

¡Sodados!, mano a las armas
por nuestro Niño divino,
destrozemos de una vez
a todos sus enemigos.
(saca el sable)

MORO
¡Cristiano, por Jesucristo,
no pienses que soy traidor,
que hoy vengo arrepentido
como humilde pecador!

¡Por los Cielos sacrosantos,
noble y valiente cristiano!
cree este día firmemente
lo que dice el mahometano.

Reniego del Islamismo
con todos sus mahometanos;
haz que nos hagan cristianos
con el agua del Bautismo.
Pertenezco al Cristianismo
y si el Sultán se ofendiera
y armara gente y viniera,
adoro a tu don, María,
y a su lado moriría
por Jesucristo y por ella.

Mi alma modificada
por la Luz de la verdad
sale hoy de la oscuridad
de mi religión malvada.

CRISTIANO
¡Soldados, rompan el fuego!
Por nuestro Niño Jesús,
destrozad la Media Luna
y poned la Santa Cruz.

Moro, no pidas perdón
que no te lo voy a dar
y arenga a tus soldados
que vamos a pelear.

¡Más… espera!, que una idea
me ha inspirado nuestro Dios,
para ver si es que reniegas
de tu falsa religión.

Quiero que entregues las armas
y arrodillado allí llegues
y que así el Credo reces,
besando después sus plantas.

Y tus soldados también
de rodillas estarán
y después el Santo Niño
su bendición os dará.

MORO
Para que veas que nada
me arredra en mi nuevo amor
y que soy merecedor
del Sacramento que pido,
me ofrezco reconocido
a tu divino Criador.

Creo en el Dios que tú adoras,
Criador de Cielo y Tierra
y cuanto en esa obra encierra
hasta la que tú atesoras.

Creo que tiene también
Divina naturaleza
y que tal es su grandeza
que se ve siempre en el bien.

Creo que siendo como es
un solo Dios en la esencia
forman su omnipotencia,
sin dejar de serlo, tres.

Creo que esas tres Personas
son distintas en la hechura,
pero en la esencia, una sola
que es el Dios que tú adoras.

Creo que el Padre es la primera
Persona de este misterio
y cual dicta su criterio
que tu fe es la verdadera.

Creo que es todo poderosa
inmensa, libre, independiente,
inmutable, omnisciente,
justa y misericordiosa.

Creo que el Hijo en su existencia,
mal que al ateo le cuadre,
sólo procede del Padre
consubstancial en la esencia.

Creo que el Espíritu Santo
fue el amor de Padre e Hijo
que el Padre Eterno bendijo
contemplándose en su encanto.

Creo que el Hijo, por amor
de su piadosa clemencia,
bajó de su omnipotencia
a salvar al pecador.

Creo que siendo, así, Divino
tomó contra la extrañeza
humana naturaleza
y se impuso su destino.

Creo que este divino Cristo,
Dios y hombre verdadero,
vino al mundo de su esmero
de humano y divino mixto.

Creo que al elegir el día
de su excelsa redención
fue obrado y sin varón
en el claustro de María.

Creo que al venir a la luz
de este mundo, su Alma bella,
su Madre quedó sin ella
tan pura cual la virtud.

Creo que contra el vicio fuerte,
temieron a sus relatos
y entre Herodes y Pilatos
le sentenciaron a muerte.

Creo que murió y descendió
al gran seno de Abraham
a eliminar a Satán
y a salvar al que imploró.

Creo que al tercer día
resucitó y subió al Cielo
llenándolo de consuelo,
de ternura y de alegría.

Creo que se sentó a la diestra
de nuestro Eterno Criador
y ha de venir por su amor
a esta vivienda nuestra.

Creo que vendrá a juzgar
a los vivos y a los muertos
sobre los tristes desiertos
del Valle de Josefat.

Creo que dé su Salvación
a los que le sean gratos;
y a los malos, por ingratos,
su eterna condenación.

Creo que su fallo será
tan justo y tan inmutable,
tan eterno e irreprochable
como recto es quien lo da.

Creo que los Diez Mandamientos
son la Ley de Dios escrita
para que el hombre repita
paciencia en sus sufrimientos.

Creo que observando esta Ley
el hombre será sociable,
puro, inocente, intachable
y de Dios al fin su grey.

Creo que los cinco que leo
de la Santa Madre Iglesia,
no son la antigua creencia
de mi antiguo devaneo.

Creo que Dios siembra su Gloria
sobre nuestros sufrimientos
en los siete Sacramentos
que recuerdan mi memoria.

Creo que es la vida más pura
cuanto confiesa tu Templo,
el grande y sublime ejemplo
que pone a la criatura.

(bajándose del caballo)
Pero yo no sé rezar…
enséñame tú cristiano,
tú que eres nuestro hermano
y que sabes perdonar.
Llévanos a bautizar
por la fe en el Bautisterio
Santo del sagrado Imperio
del Templo del Niño Amado,
con el agua del Misterio.

(se ponen de rodillas todos los moros)

¡Perdón, Dios mío, perdón…!
¡Detén tu justo furor
sobre nuestro necio error
contra Ti y tu creación!
Ve la triste condición
de los hijos de la Luz,
la voz de su exactitud
para dar en su desgracia
y vuélvenos a Tu Gracia
por el que murió en la Cruz.

CRISTIANO
¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la Tierra. Amén!
decid vosotros también,
venturosas criaturas.
Sobre nuestras desventuras
al llegar la conversión
se alza altivo el galardón
con las palmas y laureles
de la Gloria de los fieles
y su eterna bendición.

Este es el día, Señor,
que de alegres emociones
palpitan los corazones
bajo un dosel de honor.
Grandísimo es el rencor
que os debe el pueblo hispano,
pero es más grande, africano,
ese Sacro Ser Divino
que trazó vuestro destino
al perdón de nuestra mano.

(El general cristiano levanta
al general moro y le abraza
Se levantan todos los moros).

Alza si ya has comprendido
cuánto debes a tu ser,
cuánto tu ser al poder
de ese Ser que has ofendido.
Pésete desconocido
hasta tu propia existencia
y ya que la Providencia
te depara esta ocasión,
pídele de corazón:
¡Señor, te ofendí, clemencia…!

¡Clemencia por compasión!
y verás con qué alegría,
al soplo del nuevo día
palpita tu corazón.
Y tu alma en la mansión
de su inefable consuelo,
agita bajo su vuelo
las auras de su alabanza
para fijar su esperanza
como un Angel en el Cielo.

Vamos al Templo de Dios
a orar por los desgraciados
que han muerto por ser malvados,
tu y yo, ambos a dos.
Y puesto que veo en vos
vuestro amor al Ser Divino,
voy a ser vuestro padrino
para volverte a la Gracia
en que vive tu destino.

MORO
Vamos al Templo a buscar
ese don que el alma espera
para abrazar la bandera
del Santo Niño en su altar.
Vamos todos a rezar
en favor de nuestra estrella.

CRISTIANO
Dios es bueno y desde arriba
mandará su bendición.
digamos de corazón:
¡¡¡VIVA EL SANTO NIÑO!!!

TODOS ¡¡¡VIVA!!!

(ambas compañías hacen descargas
a discreción y entran en la Iglesia,
al son de pita y tambor).

CRISTIANO
Detente m  oro y no sigas
y ponte sobre las armas
porque el cristiano no cree
en tus infames palabras.

Cuando la paz te ofrecía,
con tu orgullo y tu ignorancia,
como un loco te reías
de promesas y plegarias.

Al Santo Niño pedía
gracia en aquellos momentos,
por ver si te convencías,
de lo contrario verías
tus ejércitos deshechos.

Más ya no puedo escuchar
tus groseras pretensiones,
porque mi Dios hoy me dice
que no crea en tus razones.

Mis soldados también dicen
que no tenga compasión,
no nos vayáis a jugar
alguna infame traición.

No sigas más, te repito,
que no te puedo escuchar
y prepara a tus soldados
que vamos a pelear

¡Sodados!, mano a las armas
por nuestro Niño divino,
destrozemos de una vez
a todos sus enemigos.
(saca el sable)

MORO
¡Cristiano, por Jesucristo,
no pienses que soy traidor,
que hoy vengo arrepentido
como humilde pecador!

¡Por los Cielos sacrosantos,
noble y valiente cristiano!
cree este día firmemente
lo que dice el mahometano.

Reniego del Islamismo
con todos sus mahometanos;
haz que nos hagan cristianos
con el agua del Bautismo.
Pertenezco al Cristianismo
y si el Sultán se ofendiera
y armara gente y viniera,
adoro a tu don, María,
y a su lado moriría
por Jesucristo y por ella.

Mi alma modificada
por la Luz de la verdad
sale hoy de la oscuridad
de mi religión malvada.

CRISTIANO
¡Soldados, rompan el fuego!
Por nuestro Niño Jesús,
destrozad la Media Luna
y poned la Santa Cruz.

Moro, no pidas perdón
que no te lo voy a dar
y arenga a tus soldados
que vamos a pelear.

¡Más… espera!, que una idea
me ha inspirado nuestro Dios,
para ver si es que reniegas
de tu falsa religión.

Quiero que entregues las armas
y arrodillado allí llegues
y que así el Credo reces,
besando después sus plantas.

Y tus soldados también
de rodillas estarán
y después el Santo Niño
su bendición os dará.

MORO
Para que veas que nada
me arredra en mi nuevo amor
y que soy merecedor
del Sacramento que pido,
me ofrezco reconocido
a tu divino Criador.

Creo en el Dios que tú adoras,
Criador de Cielo y Tierra
y cuanto en esa obra encierra
hasta la que tú atesoras.

Creo que tiene también
Divina naturaleza
y que tal es su grandeza
que se ve siempre en el bien.

Creo que siendo como es
un solo Dios en la esencia
forman su omnipotencia,
sin dejar de serlo, tres.

Creo que esas tres Personas
son distintas en la hechura,
pero en la esencia, una sola
que es el Dios que tú adoras.

Creo que el Padre es la primera
Persona de este misterio
y cual dicta su criterio
que tu fe es la verdadera.

Creo que es todo poderosa
inmensa, libre, independiente,
inmutable, omnisciente,
justa y misericordiosa.

Creo que el Hijo en su existencia,
mal que al ateo le cuadre,
sólo procede del Padre
consubstancial en la esencia.

Creo que el Espíritu Santo
fue el amor de Padre e Hijo
que el Padre Eterno bendijo
contemplándose en su encanto.

Creo que el Hijo, por amor
de su piadosa clemencia,
bajó de su omnipotencia
a salvar al pecador.

Creo que siendo, así, Divino
tomó contra la extrañeza
humana naturaleza
y se impuso su destino.

Creo que este divino Cristo,
Dios y hombre verdadero,
vino al mundo de su esmero
de humano y divino mixto.

Creo que al elegir el día
de su excelsa redención
fue obrado y sin varón
en el claustro de María.

Creo que al venir a la luz
de este mundo, su Alma bella,
su Madre quedó sin ella
tan pura cual la virtud.

Creo que contra el vicio fuerte,
temieron a sus relatos
y entre Herodes y Pilatos
le sentenciaron a muerte.

Creo que murió y descendió
al gran seno de Abraham
a eliminar a Satán
y a salvar al que imploró.

Creo que al tercer día
resucitó y subió al Cielo
llenándolo de consuelo,
de ternura y de alegría.

Creo que se sentó a la diestra
de nuestro Eterno Criador
y ha de venir por su amor
a esta vivienda nuestra.

Creo que vendrá a juzgar
a los vivos y a los muertos
sobre los tristes desiertos
del Valle de Josefat.

Creo que dé su Salvación
a los que le sean gratos;
y a los malos, por ingratos,
su eterna condenación.

Creo que su fallo será
tan justo y tan inmutable,
tan eterno e irreprochable
como recto es quien lo da.

Creo que los Diez Mandamientos
son la Ley de Dios escrita
para que el hombre repita
paciencia en sus sufrimientos.

Creo que observando esta Ley
el hombre será sociable,
puro, inocente, intachable
y de Dios al fin su grey.

Creo que los cinco que leo
de la Santa Madre Iglesia,
no son la antigua creencia
de mi antiguo devaneo.

Creo que Dios siembra su Gloria
sobre nuestros sufrimientos
en los siete Sacramentos
que recuerdan mi memoria.

Creo que es la vida más pura
cuanto confiesa tu Templo,
el grande y sublime ejemplo
que pone a la criatura.

(bajándose del caballo)
Pero yo no sé rezar…
enséñame tú cristiano,
tú que eres nuestro hermano
y que sabes perdonar.
Llévanos a bautizar
por la fe en el Bautisterio
Santo del sagrado Imperio
del Templo del Niño Amado,
con el agua del Misterio.

(se ponen de rodillas todos los moros)

¡Perdón, Dios mío, perdón…!
¡Detén tu justo furor
sobre nuestro necio error
contra Ti y tu creación!
Ve la triste condición
de los hijos de la Luz,
la voz de su exactitud
para dar en su desgracia
y vuélvenos a Tu Gracia
por el que murió en la Cruz.

CRISTIANO
¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la Tierra. Amén!
decid vosotros también,
venturosas criaturas.
Sobre nuestras desventuras
al llegar la conversión
se alza altivo el galardón
con las palmas y laureles
de la Gloria de los fieles
y su eterna bendición.

Este es el día, Señor,
que de alegres emociones
palpitan los corazones
bajo un dosel de honor.
Grandísimo es el rencor
que os debe el pueblo hispano,
pero es más grande, africano,
ese Sacro Ser Divino
que trazó vuestro destino
al perdón de nuestra mano.

(El general cristiano levanta
al general moro y le abraza
Se levantan todos los moros).

Alza si ya has comprendido
cuánto debes a tu ser,
cuánto tu ser al poder
de ese Ser que has ofendido.
Pésete desconocido
hasta tu propia existencia
y ya que la Providencia
te depara esta ocasión,
pídele de corazón:
¡Señor, te ofendí, clemencia…!

¡Clemencia por compasión!
y verás con qué alegría,
al soplo del nuevo día
palpita tu corazón.
Y tu alma en la mansión
de su inefable consuelo,
agita bajo su vuelo
las auras de su alabanza
para fijar su esperanza
como un Angel en el Cielo.

Vamos al Templo de Dios
a orar por los desgraciados
que han muerto por ser malvados,
tu y yo, ambos a dos.
Y puesto que veo en vos
vuestro amor al Ser Divino,
voy a ser vuestro padrino
para volverte a la Gracia
en que vive tu destino.

MORO
Vamos al Templo a buscar
ese don que el alma espera
para abrazar la bandera
del Santo Niño en su altar.
Vamos todos a rezar
en favor de nuestra estrella.

CRISTIANO
Dios es bueno y desde arriba
mandará su bendición.
digamos de corazón:
¡¡¡VIVA EL SANTO NIÑO!!!

TODOS ¡¡¡VIVA!!!

(ambas compañías hacen descargas
a discreción y entran en la Iglesia,
al son de pita y tambor).

Texto: “Los Dichos”, extraido del libro “Estatutos”, “Los Dichos” editado por la Hermandad del Santo Niño, compañía de Moros.

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